La pedagogía Waldorf es una apuesta educativa que da enorme importancia a los primeros años de vida y a la infancia en el conjunto de la evolución y desarrollo del hombre.
El fundamento de esta pedagogía aportado por Rudolf Steiner va siendo notablemente confirmado por las actuales investigaciones en medicina, psicología y ciencias neurológicas y cada vez hay más padres que se acercan a esta práctica pedagógica con la finalidad de ofrecer a sus hijos una forma de desarrollarse acorde a sus facultades.
En la sociedad en la que vivimos se va desvaneciendo cada vez más la tradicional frontera entre la etapa preescolar y la etapa escolar (Educación Primaria). Los niños son escolarizados cada vez a una edad más temprana, sin tener presentes las consecuencias negativas que esto puede tener. El desarrollo infantil desde los tres a los nueve años, es un proceso complejo cuyas etapas, se van edificando de manera consecutiva, abreviarse u omitirse arbitrariamente pone en riesgo los fundamentos corporales y anímicos del aprendizaje para toda la vida, de lo que dependerá el nivel de salud, creatividad y rendimiento de todo joven.
En sus primeros años el niño posee la facultad de instruirse a sí mismo. Para ello dispone de óptimas condiciones previas por las que, por un lado trae consigo un sorprendente y constante impulso a aprender y actuar, y por el otro una ilimitada apertura y capacidad de entrega a todas las impresiones e influencias del entorno. La confianza primordial en el mundo y en las propias fuerzas, constituyen el capital inicial del niño.
Sin embargo, la facultad que tiene el niño para formarse cae en el vacío si no sale a su encuentro la disposición de los adultos a darle orientación y asumir la responsabilidad de ofrecerle posibilidades de desarrollo saludable. Pues a diferencia del animal ligado al instinto, cuyo desarrollo ya está en su mayor parte fijado de antemano, el ser humano llega al mundo como un ser inacabado, cuyo camino depende decisivamente de la condiciones con las que se encuentra. Por consiguiente, la tarea del adulto consiste en configurar un entorno que promueva el desarrollo, que ofrezca estímulos para las necesarias experiencias, que fomente la interacción social y al mismo tiempo cree un espacio de protección dentro del cual pueda desarrollarse el niño.
La investigación de las relaciones muestra que la libertad y la autonomía de la personalidad en la vida adulta no pueden desplegarse si en sus primeros años de vida el hombre no tuvo la posibilidad de generar una vinculación sólida y segura con una persona o varias personas de referencia. Así pues desde el primer momento el niño depende de los adultos cercanos para su formación y autoformación.
El organismo psíquico del niño, busca llegar a la vivencia intensa en su necesidad de comprender el mundo, es decir, el niño debe sentirse interiormente unido al mundo, debe sentir que está conquistando el entorno con cada vivencia que tiene. Esta certeza surge solamente cuando un niño, mediante las respectivas experiencias, ha llegado a la seguridad irrefutable de que, si uno se esfuerza, el mundo es fundamentalmente inteligible, manejable y moldeable, y que tiene un gran sentido para él.
La facultad de autoafirmación, la coherencia, el coraje y la certeza vital de toda persona conforman los fundamentos que permiten al individuo transformar en actos sus impulsos y planes personales y convertirse así en alguien creativo y productivo. Esta autonomía no se produce a partir de procesos intelectuales, sino a partir del intercambio activo con el mundo en forma de experiencias primarias de todo tipo, del dominio sobre el propio cuerpo, del juego libre e imaginativo, de la confrontación con los desafíos de la vida.
COHERENCIA
Para establecer la base del sentimiento de coherencia hacen falta muchas experiencias del mundo y de uno mismo mediante los órganos sensorios básicos. La confianza en las propias fuerzas y en la maleabilidad del mundo no se promueve con buenas palabras, sino mediante las vivencias corporales concretas a través de los sentidos. Por consiguiente, el cultivo de los sentidos y la cultura del movimiento forman parte de las exigencias más urgentes de la pedagogía preescolar y de la escuela primaria del presente. Pues sólo la plena maduración de las facultades sensomotoras crea la libertad para el saludable desarrollo anímico y espiritual. Los medios electrónicos en esta fase temprana no fomentan el desarrollo. Simulan ante el niño un contacto con el mundo y justo por ello impiden el contacto real, necesario e indispensable para el desarrollo.
En el pasado, los niños tenían oportunidades para vivificar experiencias, les bastaba con observar las actividades cotidianas de los adultos: el agricultor que siembra, cosecha y trilla el grano, el molinero que lo convierte en harina, el panadero que hace los panes con la harina, etc.; Esas percepciones, han ido provocando toda una cadena de procesos sucesivos cuyas leyes y coherencia se abren paso directamente en el ánimo infantil. A partir de la pura observación, sin mediar ningún adiestramiento verbal, el niño ha entendido perfectamente lo que la actividad de una persona significa para los demás y cómo cada actividad está inmersa en un entramado que tiene sentido, y que está hecho de esfuerzos interdependientes.
No se trata de hacer que los niños regresen a la Edad Media, sino llevarlos, mediante ejemplos, a situaciones en las que aprenden a conocer, por su propia actividad y observación, actividades que se van construyendo acumulativamente y que se relacionan entre sí de una manera en que los hechos siguen una lógica. Nada es mejor para ellos que los procesos primarios de trabajo elemental. Al tener la vivencia de esas actividades y con su repetición activa en el juego, el niño experimenta la coherencia y eso se corresponde precisamente con la especial naturaleza de su manera de aprender.
Lo que el niño necesita con la máxima urgencia no es la conexión electrónica con el mundo, sino la conexión social directa con las personas de referencia que, a través de su comportamiento, sirven para el niño como modelo de lo que significa situarse frente al mundo sin dejarnos abrumar por los acontecimientos que nos sobrevienen, sino sabiendo ordenarlos y dominarlos, aceptarlos y llegar a descubrirles un sentido. Esas experiencias le ofrecen al niño el sentimiento seguro de que lo que al principio se presenta de manera problemática también puede resolverse. Con ello se siembran la positividad y la alegría de vivir, que, a su vez, otorgan fuerzas para acoger desafíos, enfrentarlos y crecer en ellos.
Esa capacidad de resiliencia edificada sobre el sentimiento de coherencia fomenta la disposición y la facultad del ser humano a aprender y evolucionar durante toda su vida. Quien está acostumbrado a trabajar en los obstáculos y contrariedades con coraje y serenidad, con positividad e interés, puede convertir en realidad los móviles de su vida. El adiestramiento intelectual y la reflexión consciente no son los que generan el fundamento de esa autonomía personal. Para la implantación de esa cualidades, la fase decisiva es precisamente los primeros años de la infancia. La formación de la PERSONALIDAD se produce, en este caso, por la inmersión inconsciente en un entorno humano y objetual configurado adecuadamente.
La especial naturaleza del aprendizaje en la temprana infancia, por tanto, es algo totalmente distinto a lo que sucederá en edad escolar, es un proceso indirecto e implícito donde lo decisivo no son la reflexión ni las operaciones mentales, sino las actividades y percepciones.
De acuerdo con esto, todas las actividades del niño pequeño se hallan todavía orientadas hacia el exterior, unidas de una manera sensorial y concreta con el mundo circundante. Numerosos hechos lo constatan. La memoria del niño hasta bien entrado el período de la escuela infantil se halla unido al entorno sensorio espacial (memoria local). Eso se expresa por ejemplo en el hecho de que los niños, a menudo no son capaces de explicar en casa qué y con quién jugaron en la escuela el día anterior. Pero cuando vuelven a la escuela y ven el juguete que usaron ayer, enseguida vuelven a tenerlo todo presente y continúan con el juego como si no hubiera habido ninguna interrupción.
También es sintomático de los primeros años que la motivación para el juego todavía no viene de dentro, sino que está determinada por impresiones sensoriales que el niño ha recibo y que ahora logra entender en el juego. Sólo a los cinco o seis años comienza el niño a hacerse representaciones y a partir de ellas, puede organizar con otros niños un juego con reglas y objetos que ellos mismos han inventado.
La educación debe trascender la mera transmisión de conocimientos para convertirse en sustento del desarrollo integral del niño, cuidar que todo el quehacer tienda a la formación de su voluntad y al cultivo de su sensibilidad y de su intelecto. En consecuencia la pedagogía Waldorf, organiza los contenidos curriculares en el tiempo y en el ritmo que considera adecuados a la situación evolutiva específica, cultivando con igual intensidad la ciencia, el arte y los valores morales y espirituales; de este modo se intenta establecer una relación armónica entre desarrollo y aprendizaje, haciendo confluir la dinámica interna de la persona con la acción pedagógica directa, es decir integrando los procesos de desarrollo individual con el aprendizaje de la experiencia humana culturalmente organizada.